4 mar. 2012

Pink Floyd: The wall - Parte I (el album)

Definir The wall como una ópera-rock es quedarse muy cortos. The wall es un tratado filosófico, estético y humanista hecho música; y para más inri, una música subyugante y maravillosa. Compuesto por dos discos de unos 40-45 minutos cada uno, no está conformado como la mayoría de álbumes de rock por temas sueltos sin conexión entre sí, sino que cada una de sus canciones conforman un todo uniforme tanto a nivel melódico (ya que la estructura musical de una canción suele preceder a la siguiente, con muy escasas interrupciones a lo largo de toda la obra) como a nivel argumental. Y hablo de argumento precisamente porque The wall no es un disco de contenidos vacíos, sino que le cuenta una historia al oyente: le habla de la muerte del padre, de la dependencia a la madre, del complejo de Edipo, de la alienación en la educación, del absurdo de la guerra, de la violencia y amoralidad de la sociedad, de la decadencia de la industria musical, de las famas ególatras y vacías, y del aislamiento emocional del hombre moderno. Firme y nada gratuito en su agridulce pesimismo, podemos encontrar a lo largo de sus pistas todo el complejo entramado artístico-existencial de los británicos Pink Floyd.


Portada del álbum, obra del dibujante y caricaturista británico Gerald Scarfe

Pero, ¿quiénes son los Floyd? En el momento de la grabación de este disco, en 1979, lo conforman el bajo, líder del grupo e indiscutible artífice del disco Roger Waters, el guitarrista David Gilmour, el teclista Richard Wright y el batería Nick Mason. Waters cogería las riendas del grupo tras el cese en 1968 de su anterior líder y fundador, Syd Barrett, debido a problemas mentales producidos por el consumo abusivo de LSD, en la que sigue siendo a día de hoy una de las desapariciones más lamentables de la historia del rock. Evolucionando a partir del estilo marcadamente rhythm&blues, folk y psicodélico de su predecesor, Waters usaría su habilidad cohesionadora para llevar el sonido del grupo hacia el rock progresivo más experimental, culminando en la propia The wall en un rock sinfónico rico en matices y fuerza. Tristemente, tras este disco y su hermano The final cut de 1983 (en el que pusieron todas las canciones que no cupieron en su predecesor), deja la banda en 1985, pasándole el testigo del liderazgo a Gilmour, y no es hasta 2005 que vuelve a colaborar con sus antiguos colegas con ocasión de un concierto en Londres. Pese a sus desavenencias y conflictos internos, es la obra del grupo, su música, lo que los hace grandes: desde 1970 hasta el día de hoy han gozado de fama internacional, y sus obras The dark side of the moon de 1973, Wish you were here de 1975 o la propia The wall entran en el top de discos más vendidos en la historia de la música. También han marcado una amplia influencia en la obra de otros grandes artistas y grupos como David Bowie, Tool, Radiohead, Nine inch nails o Dream theater; incluso nombres tan en el candelero últimamente como Lady Gaga o la difunta Amy Winehouse han clamado ser fans de los Floyd y tener influencias suyas en su música, aunque esto ya es más discutible.

Los Floyd, en su momento de mayor fama

Pese a que desde la salida de Barrett del grupo, Waters y Gilmour habían colaborado en la composición de todos los álbumes del grupo, participando incluso Wright y Mason en determinados temas, The wall es una composición entera de Waters, salvo los temas Young lust, Run like hell y Comfortably numb, compuestos por Gilmour, y The trial, compuesto por el colaborador de la banda Robert Ezrin. Esto hace del disco, pues, algo tremendamente íntimo, narrando ciertas experiencias de Waters como la pérdida de su padre durante la II Guerra Mundial o su resentimiento con una industria discográfica excesivamente mercantilista y creadora de ídolos con pies de barro. Rallando el borde de la autobiografía, The wall es una auténtica ópera, una obra sinfónica de teatro, pero a diferencia de otras producciones de este estilo, su argumento es no lineal, centrándose más en la sugerencia, en la emoción y en la reflexión que en la mera narración.

Esto se manifiesta perfectamente en las sesiones en vivo de The wall, que más que un mero concierto son una experiencia audiovisual completa. Estando al fondo del escenario, sin dejarse a penas ver, haciendo su trabajo con precisión sin vanagloriarse vanamente por ello, los Floyd dejan todo el espacio al espectáculo: grandes coros de niños y adultos desfilan cantando y representando las letras de ciertos temas; grupos de actores y tramoyistas, disfrazados para la ocasión, recorren el plató en alucinantes coreografías; grandes maquetas de aviones y tanques y gigantescas marionetas monstruosas interactúan con el público; se utilizan dramáticos efectos de luz y sonido; enormes pantallas muestran los cortos animados que el dibujante Gerald Scarfe diseñó para acoplarse a las performances del escenario; y tras cada canción, la colocación de un gran ladrillo que ocultaba aún más a la banda, formando el muro que da nombre al disco, y que durante el penúltimo tema del mismo, el delicioso The trial, explota de forma espectacular para poner con la última canción, Outside the wall, fin al espectáculo.

Una imagen del espectáculo en vivo de The wall

Una curiosidad interesante es que, aprovechando a la vez la vasta amplitud de temas tratados en el disco y su alinealidad, Waters se permite hacer hincapié en unos más que en otros según la situación del mundo que lo requiera. Utilizando la metáfora universal del muro en todos sus niveles, ha denunciado desde los muros físicos como los de Berlín o Israel hasta los muros intangibles como los de las guerras del Golfo o de Irak. En su último paso por España, sorprendió al público que fue a ver su espectáculo de The wall del 2011 en Madrid con una relectura del contenido de la obra, orientándola mediante las performances orquestadas en el escenario hacia una crítica a la actual crisis económica, moral y espiritual que sufrimos en estos tiempos.

Para quienes no hemos tenido nunca el placer de asistir a una de estas actuaciones, siempre quedarán los dos discos que conforman este album. Puede no ser el mejor trabajo de los Floyd (de hecho, es superado en muchos aspectos por otros trabajos de la banda como los ya citados The dark side of the moon o Wish you were here), ni el más innovador y experimental (puestos que se llevarían el Ummagumma de 1969 y el Atom heart mother de 1970), pero es desde luego el más conocido: prácticamente todo el mundo sabe identificar, e incluso cantar, la pista Another brick in the wall (part II). Pero la obra no acaba en esa canción. Sin olvidarnos de que aunque cada tema puede tener sentido por separado lo óptimo es escuchar los dos discos seguidos con las canciones en el orden correcto, bien es cierto que hay para todos los gustos: baladas lentas y acústicas como Mother, Goodbye blue sky o Hey you, arquitecturas extravagantes y alucinantes en Empty spaces o Is there anybody out there?; rock potente y cañero en Young lust o Run like hell; enormes coros vocales y orquestales en In the flesh (part I), In the flesh (part II),Vera, Bring the boys back home, Waiting for the worms o la mentada y archiconocida Another brick in the wall (part II); y como guinda final, la inclasificable Comfortably numb, cuyo solo final de guitarra está considerado uno de los mejores de la historia.



Comfortably numb en toda su gloria, con imágenes de la película Pink Floyd The Wall


Por supuesto, un álbum tan plástico y, en cierta manera, podríamos decir que incluso visual, debía ser llevado finalmente a la gran pantalla. Pero de esta película, titulada Pink Floyd The Wall, ya hablaré en mi siguiente artículo; hasta entonces, buena música y buen arte, compañeros.

Ernesto

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